domingo, 12 de enero de 2014

La estrella y el campesino

Esta historia no puede situarse en alguna época o edad, es de esas historias que pocos conocen y que aquellos que han oído hablar de ella desconocen su procedencia. Es una historia que se cuela en las personas sin dejar huella ni rastro alguno. Una historia sobre la primera estrella que iluminó el cielo y la primera persona que la vio.
Hace mucho tiempo, en el cielo había solo dos cosas, el Dios Sol por el día y la Diosa Luna por la noche. En aquel entonces, las personas que habitaban la tierra eran más sencillas, estas eran las únicas luces que conocían, junto con el fuego, que iluminaba las oscuras y silenciosas noches. Nuestra historia ocurrió en una de estas noches, cuando un hombre joven se había quedado solo en medio de una llanura iluminada únicamente por la Diosa Luna. Por un instante, aquel hombre acostumbrado durante años a la misma luz, notó un centelleo muy sutil, un leve brillo en el cielo, una pequeña titilación que lo embaucó y asustó. Temiendo que le hubiera pasado algo a su Diosa Luna, la buscó en los cielos pero en vez de eso, encontró un pequeño punto que parecía que temblaba de miedo. El hombre rápidamente pensó que su Luna había perdido un trocito y se apresuró a buscarla en el manto negro, la encontró a sus espaldas, tan grande como siempre y tan perfecta como de costumbre. Suspiró aliviado y se volvió hacia el otro punto brillante del cielo.
Tras un tiempo observándola y preguntándose qué podía significar aquello, escuchó una débil voz; el campesino giró sobre sus talones y oteó el mundo que podían ver sus ojos nocturnos, pero en aquella llanura solo estaba él y el viento que corría libre. Queriendo creer que había sido este quien, de alguna manera, había transformado su egregia prosa habitual en palabras que conocía, alzó la mirada al cielo, una vez más, y miró cauteloso el nuevo punto luminoso «sí, te hablo a ti»; el campesino buscó de nuevo, cada vez más asustado, al causante de aquella dulce y femenina voz que parecía no proceder de ninguna parte; «no busques, no hay nadie más. Estamos solos tú y yo. Te lo puedo asegurar, veo muy bien desde aquí arriba». El campesino cayó en la cuenta de que era la estrella la que le hablaba, se armó de valor y preguntó:

"—¿Qué eres?"
"—Soy una estrella. La primera de ellas me atrevería a decir"
"—¿Una estrella? —dijo dubitativo— y ¿qué es una estrella?"
"—Una estrella es lo que soy yo, una luz más en el cielo. He nacido para vosotros, necesitáis más luz, habéis evolucionado muy bien y mucho —su voz sonaba orgullosa— y por eso he creído que sería necesaria."
"—Eres muy bonita, estrella, ¿cómo te llamas?"
"—Los seres humanos sois maravillosos. Aún no tengo nombre, pero me lo pondréis cuando hayamos más como yo en el cielo."
"—¿Habrá más como tú? —dijo el campesino con emoción—. ¿Más estrellas?"
"—Claro que sí. Además, por ser el primero en verme, quiero concederte un deseo. Pídeme lo que más desees en este mundo".
"—Lo que más desee en este mundo.... —pensó el campesino—. Nunca he amado a alguien... -Se armó de valor y por fin dijo- Quiero una mujer a la que poder amar —esta vez su voz sonaba fuerte y firme—, poder respetar y que me ame con la misma intensidad con la que la ame yo a ella. Quiero poder demostrarle lo mucho que importa, demostrarle cada día el amor que siento y cuidarla como nadie en la tierra sería capaz. Deseo tener una mujer a mi lado, tener hijos con ella y decirle todos los días «te quiero» de la forma más sincera posible. Estrella, por favor, dame una mujer".

La estrella se iluminó mucho, lanzando un destello que llenó la zona, obligando al campesino a cerrar los ojos. Cuando los abrió estaba en su cama, tumbado y con la sensación de que todo había sido un sueño «sin duda todo ha sido un sueño». Sin embargo algo era diferente, en el ambiente flotaba un olor a bacon frito, huevos a la piedra, pan recién horneado, manzanas y leche fresca. La mujer más hermosa del mundo (al menos, eso pensó el campesino) entró a la habitación «pero bueno, ¡aún en la cama! Se te va a enfriar el desayuno y no pienso calentarlo de nuevo. ¡Arriba mi dormilón! Hoy estás especialmente guapo». La sonrisa que puso el campesino en aquel momento era más radiante que la de su esposa y duró muchos años. El deseo de la estrella se había cumplido.
Pasaron los años y la vida les fue feliz, llegaron niños a la familia, preciosos y sanos, y de buen corazón. Pero; sí, un pero, toda historia tiene y esta no va a ser menos; no todo era maravilloso. Ella fue creada por las estrellas, perfecta; existía para amar. Sin embargo, él era un hombre corriente con defectos, no sabía amar perfectamente, tenía que aprender a hacerlo y ello lo llevaba a cometer errores para no volverlos a hacer. Los errores se sucedían, el campesino los aprendía, pero nunca cesaban, uno tras otro, es la peculiaridad del Hombre. Así los años pasaron y los errores se fueron sucediendo hasta que, sin opción a equivocarme, la mujer dejó al campesino y nunca se volvieron a ver.
El campesino nunca la olvidó y pasó el resto de sus días buscando a la estrella que le habló por primera vez para para pedirle el favor de que le enseñara a amar, pero, años después, el cielo estaba cubierto de ellas y, por más que buscara y  buscara, nunca la llegó a encontrar.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Convirtamos los momentos en recuerdos

Este borrador lleva con ese título y vacío tanto tiempo que no sé por qué lo escribí, no sé qué significaba en aquel entonces y no sé qué significa ahora. Si lo pienso y trato de deducirlo solo se me ocurre la forma literal de la frase y sé que yo nunca soy literal. Seguirá siendo un misterio, como por qué no podemos elegir nuestros sueños como elegimos dormir, por qué no podemos elegir los resultados igual que elegimos realizar los actos que llevan hacia ellos. ¿Por qué dormir si no sueño con lo que quiero? ¿Por qué imaginarme haciendo cosas que nunca podré realizar? No comprendo el funcionamiento de la mente humana, te imaginas haciendo algo que te importa y sin darte cuenta, en medio segundo, te encuentras compartiendo ese momento con alguien que te importa, asociamos los momentos con las personas más rápido que en darnos cuenta de que es una tontería imposible, para salir de la imaginación como empujado por un viento huracanado concebido por la ramera realidad y que la seca tristeza te llene, te hunda y atrape en el fuego, todo en menos de dos segundos.


jueves, 5 de diciembre de 2013

Living is a dream

Estaba en una estación de tren, el sol entraba por los ventanales iluminando la zona con un aura casi celestial. No sabía por qué estaba allí, pero no quería estar en otro sitio que no fuera sentado en aquella estación. El silencio era total, daba la sensación de que allí no había nadie más que yo y aquella inquietante atmósfera. Me levanté del asiento para mirar a mi alrededor y no vi ni una sola persona o alguna maleta que indicara que allí, en la estación, había alguien más a parte de mi; miré fuera a través de los ventanales y la calle estaba desierta. En ese momento me invadió la inseguridad de que, por alguna extraña razón, era la única persona en la tierra, estaba solo. Eso era una locura.


Todo empezó a crujir a lo lejos. Un hilo de polvo cayó del techo que empezó a crepitar como un leño ardiendo. Un coche de la calle desapareció de mi vista en un instante, como aspirado desde el cielo. Le siguieron papeleras, farolas, paradas de bus, kioskos; cada vez cosas más grandes, hasta los edificios empezaron a desaparecer tras un ruido atronador; eran arrancados de sus raíces de asfalto dejando una llovizna de tierra. Un desierto ocupó los alrededores de la estación, que aguantaba la embestida empírea con algunos chasquidos y rugidos de rocas. 
El desierto empezó a ascender, formando una pausada tormenta de arena opaca que se tragó la luz como la nada. Cerré los ojos esperando lo peor. El silencio volvió a llenar aquel extraño mundo; abrí los ojos y miré lo que parecía una canica perfectamente lisa y negra que se extendía desde la estación hasta donde alcanzaba mi vista. El mundo se había convertido en nada, una nada lisa y perfecta; y dentro de aquella nada estábamos la estación, mi protectora, y yo. 
Me acerqué al cristal del ventanal y apoyé mi mano sobre él, en el momento en el que lo hice, este se resquebrajó para después romperse en millones de copos de cristal que ascendieron igual que el resto del mundo. Mi debilitado refugio decía adiós poco a poco, como la piel de una mandarina despegándose del aire que me rodeaba y ascendiendo al  negro cielo sin nubes ni estrellas. Desconozco de dónde venía la luz que iluminaba todo, pero en aquellos momentos no era una duda razonable, me preocupaba más que pasaría cuando no quedara ni una triza de aquella estación ¿a dónde iría? ¿Ascendería también hacia la nada? El miedo me hizo cerrar los ojos de nuevo hasta que volvió el silencio total. Esperaba encontrarme flotando hacia mi final, pero cuando abrí los ojos estaba en el mismo sitio, con los pies apoyados en la fría y negra superficie de aquel mundo muerto. La soledad era tranquilizadora y durante unos instantes no volvió a escucharse ningún resquebrajo y yo permanecía inmóvil. Empezaba a sentirme triste ¿por qué estaba ocurriendo aquello? Se me ocurrió dar un paso y ahí acabó todo.